Estaba mirando a mi hija desde el banco de un parque, una chica joven venia por detrás, traía 3 helados, mi pequeña corría para coger el suyo. Aquella chica se sentó a mi lado y nos besó a las dos, a mí en la boca, entendí en ese momento que debía ser mi novia. Detrás del niño que gritaba el nombre de mi hija para que volviera al juego, la ví a Ella después de tantos años, mirándome, totalmente inmóvil, y comenzó a acercarse hacia mi.

-No me lo puedo creer- logré decir después de tenerla unos segundos enfrente.

-Cuanto tiempo hace que no sabía de ti.

-Te mandé algún mail.

-Cambié de dirección

-Y de número… lo sé…

-¡Mamá mira!- gritó de repente mi hija a la que se le había caído el helado

- No me digas que…

Sonreí, mi hija venía hacia mi disgustada.

-Compraremos otro… Mira dile hola a esta chica, ¿Sabes? Se llama igual que tu.

Mi recién descubierta novia, que había permanecido callada hasta ese momento se disculpó por interrumpir pero tenía que ir a prepararse para su cena de aquella noche se despidió y se fue.

-¿Quieres venir? Vamos a comprar un helado.

-Claro.

Entramos a un McDonals y compramos un MC Flurry con Kitkat, aunque mi pequeña pronto se olvido del helado y quiso ir a jugar a esos toboganes de colores.

-Y bueno… ¿Qué haces aquí? – comencé.

-Trabajo, ya sabes, Zaragoza es ciudad de pruebas, estamos viendo como se venderían unos productos. Se ve que ni aquí. Había salido del hotel a tomar el aire. Un día de mierda y ya ves, te encuentro a ti, por lo menos me sirves de algo.

Obvio las dos faltas que ya ha hecho una sola frase, hacia mi ciudad y hacia mí.

-Así que al final trabajas en lo que querías.

-Ya ves, 4 años, pero ahora me estoy forrando. Pero bueno ¿Y tú? ¡Tienes hasta una hija!

Seguimos hablando durante un rato, “poniéndonos al día”, recordando noches, fiestas, pero sin hacer ninguna alusión a lo nuestro. Su mirada permanece fría, distante. Su tono es seco y como siempre altivo. Aunque no se por que, me parece percibir, un aire de tristeza en su fragancia. Hablando de fragancias… lleva el mismo perfume que años atrás. La melodía de los fruitis suena en mi móvil, descuelgo.

-No hay problema, si, si, le diré que tenías trabajo, ten cuidado… Hasta mañana – cuelgo- ¿Te acuerdas de Rubén?

-¡Ohh, ohhh como olvidarle!

-Era el, vivimos juntos con la peque, pero ha quedado así que estamos solas con mucha comida y una peli. ¿Quieres venir a cenar?

-Quiero salir de aquí y fumarme un cigarro.

Le hago un gesto a mi hija que sale de los pasatiempos a regañadientes. Le explico que esta noche papá llegará tarde por que tiene mucho trabajo. No protesta, parece tan buena.

Andamos un buen trecho, Ella no hace amago de separarse de nosotras en ningún momento. Llegamos a la que parece mi casa, moqueta en el suelo, un salón enorme y una barra americana. A saber en que trabajamos para habernos podido permitir la casa de la que siempre he hablado con mi mejor amigo.

Hago la cena, mi niña juega en el salón y Ella mira todo con cien preguntas en la mirada. Cenamos mientras vemos una película Pixar. Llegan las 10.

-Hay que echarse pequeña monstruito.

-¿Me cuentas un cuento mami?

-Pero cuando acabe el cuento, automáticamente dormida, como un robot, le voy a dar a tu botón de apagado- bromeo- ¿Vienes?- le digo a Ella que se ha encendido otro cigarro sin preguntar y esta tirando la ceniza por la ventana.

-Eso no me lo pierdo- me contesta mientras lo apaga en la repisa de la ventana.

Nos sentamos en la cama, arropo a la niña y le pregunto -¿Qué cuento quieres amor?- Siempre me imaginé ser una madre así.

-El de la princesa mamá.

Y empecé – Había una vez, una chica que vivía en un pueblo muy pobre, muy pobre, pero ella era feliz allí. No podía quejarse, sus padres se esforzaban por darle todo lo que podían. Un día por pura casualidad conoció a una princesa, era preciosa, pero vivía en una ciudad enorme, así que solo hablaba con ella cuando podía. Con el tiempo, empezó a hablar todos los dias con ella. Como la princesa tenía mucho dinero un día fue al pueblo a ver a la chica, salieron… se lo pasaron bien y al final de la noche se besaron.

-Empecé a ver como la mirada de Ella calidecía y detecte un brillo en sus ojos-

Pero como era una princesa sus padres -¿Los reyes?- me interrumpe mi hija con la voz adormilada –Si los reyes, le decían que tenía que buscar un príncipe y no le dejaban salir con chicas de pueblo. La chica empezó a hacer todo lo que podía por la princesa, y la princesa empezó a dejarse querer…

Mira… Se ha dormido, levántate despacio.

Nos dirigimos hacia el salón.

-Ese cuento es nuestro- me dice.

-¿Qué?

-Si… esa historia, es la nuestra

-Bueno… ambientada para niños para que parezca algo más que sexo

-Fue más que eso.

-Eso pensaba yo por aquel entonces, ¿Te acuerdas? –Sonrío- Que inocente era.

-¿Aun bebes JB?

Saco la botella del mueble bar, echo unos hielos en dos vasos y sirvo dos copas. Empezamos a beber. Me invita a un Malboro, como no, yo debo haber dejado de fumar por que toso con la primera calada. Improvisamos un plato a modo de cenicero. Nadie habla. Bebemos, coge el mando y pone música en la televisión. Bajo el volumen. Sirvo otra copa.

-¿Cuántos dias vas a estar aquí?

-No lo se. De pende del resultado del seguimiento de ventas ¿Otro?

-No- rechazo un segundo cigarro que ella si se enciende.

La veo callada. Pensativa. Me doy cuenta de las profundas ojeras que se marcan bajo sus ojos. Se echa hacia atrás como agotada y los cierra. De repente, se echa a llorar.

Al principio no se que hacer y solo la observo. Después le quito el cigarro de la mano y lo abandono en el plato lleno de ceniza. Le abrazo mientras pregunto que sucede, ella no contesta. Al cabo de un rato de ese silencio incomodo cortado solo por algunos suspiros levanta la cabeza de mi hombro. Me mira con las lágrimas cayéndole por las mejillas y me besa. Yo no me muevo. Cinco mil sensaciones acaban de llegar a mí.

-Fue más que eso- me repite.

Ahora la beso yo. Y ahí estamos, como con 17 años, besándonos en un sofá. Se sienta sobre mí sin perder ni un segundo mis ojos de sus ojos.

Volvemos a besarnos y yo me levanto sosteniéndola por el culo, Ella entrelaza sus piernas en mi espalda como una niña y la llevo a mi cama. Hacemos el amor.

Recordamos sabores y olores del pasado, rodamos, nos envolvemos, nos enredamos, acabamos.

Me besa, se gira, se acurruca en mi cuerpo. Coge mi brazo y se rodea con el. La acerco más a mí y en dos minutos se duerme.

A las horas me despierta un tintineo, son las llaves de Rubén. Yo no me muevo.

Abre la puerta de mi habitación con una sonrisa de oreja a oreja, supongo que para contarme la hazaña de esa noche. Enciende la luz, su cara se descompone -¡Jod…- Le hago rápidamente un gesto para que se calle y sale de la habitación. Ella se mueve ligeramente y yo aprovecho para levantarme con cuidado.

Me pongo una camiseta y busco mis bragas por el suelo.

Salgo de la habitación cerrando la puerta tras de mi. Rubén me espera en el pasillo boquiabierto.

-¿Es Ella? Pero ¡Qué digo! ¡Claro que es Ella! ¡No ha cambiado nada! Dios mío… No me puedo creer a quien tienes en tu cama…

-Ni ybibbibbibbib bibbibbibbib bibbibbibbib paro el despertador.

Estoy sola en mi cama de 90 y aun tengo 20 años.